Con la eliminación de Ismael, la pasada noche entró en su recta final el concurso Operación Triunfo. El hecho de que entre los finalistas estén Jose, Moritz y Leo da buena cuenta del nivel de mediocridad que ha alcanzado el programa en la presente edición. Los otros tres, Daniel, Saray y Lorena, tienen una buena técnica vocal, o, dicho con otras palabras, cantan bien o muy bien, pero lo peligroso es estar mezclando una habilidad —natural, en la mayoría de los casos— con otra cosa bien distinta, y que tanto repiten, que es el talento.

Cantar bien puede ser algo admirable, pero realmente, ¿qué pueden aportar cualquiera de estos seis intérpretes al mercado musical? ¿Necesita éste otra remesa de triunfitos? Poner una voz al servicio de las creaciones de compositores de tercera clase o de nuevas versiones de clásicos de toda la vida a las que poco tienen que añadir no es tener talento y, además, es una forma de seguir contaminando las listas de éxitos. Hace unos días, se elegía en Televisión Española el disco del año, y los nominados eran Alejandro Sanz, David Bisbal, El Koala y Los Lunnis, Fito y Fitipaldis, La Oreja de Van Gogh, Maná, Manolo García, Marc Anthony, Monjes Budistas, Paulina Rubio, Rosa y RBD, que finalmente fueron los ganadores. Esto es lo que hay.

Que no se me malinterprete: siempre he defendido la total libertad de cada uno para escuchar lo que más le guste o apetezca, y no me considero un paradigma del buen gusto ni un salvador de la música en español. Pero sí me fastidia que unos pocos creen un oligopolio musical que impida que la gente se entere de que realmente hay más música, y de que, en la mayoría de los casos, es mejor que ésa. Y sobre todo, me fastidia que algunos de ellos sí se erijan como nuevos mesías cuyas justas medidas para salvar la música pasen por “ilegalizar programas como eMule o LimeWire”. Era lo que nos faltaba.