
A Bloc Party se les emparentó al principio de su carrera con los escoceses Franz Ferdinand, en ese denodado afán de la prensa británica por buscar de inmediato recambio a quien todavía no está muerto. Pero los londinenses se desmarcaron con prontitud, demostrando en su debut, Silent Alarm (V2, 2005), que poseían un estilo propio que no necesitaba de referentes para alcanzar el éxito. Y lo consiguieron, obteniendo grandes críticas y alcanzando los primeros puestos en las listas de su país. Con temas tan incontestables como Like Eating Glass, Helicopter o Banquet muy mal se tenían que dar las cosas para que no fuera así.
Ahora les llega el momento de la reválida con el difícil segundo álbum, y se puede afirmar ya que estamos ante el primer gran disco del año. Queda tras escucharlo, sin embargo, un cierto regusto amargo, ya que posee una acusada irregularidad que le impide ser todavía mejor. Cuando juegan a ser ellos mismos, y a aplicar la fórmula que los hizo destacar ―guitarras incendiarias, potentes bajos, progresiones melódicas, cambios de ritmo―, son infalibles: las cinco primeras canciones son simplemente sobresalientes. Pero cuando juegan a otras cosas, A Weekend In The City (V2, 2007) decae, y mucho. No hay ninguna necesidad a estas alturas de imitar a los peores U2 o Coldplay (Kreuzberg, I Still Remember) o de ponerse inexplicablemente épicos (el final de SRXT parece calcado de un disco de M83). Tal vez se note ahí demasiado la mano de Jacknife Lee, productor también del How To Dismantle An Atomic Bomb de los irlandeses, al que, por lo demás, no hay nada que reprochar.
El bajón final empaña un poco la experiencia, pero no consigue arruinarla del todo, pues les sobran recursos: aparte de lo ya expuesto, hay que destacar la fabulosa voz de Kele Okereke, que siente y hace sentir lo que canta, y la habilidad del grupo para crear espléndidos coros con que apoyarle. Mención aparte merecen las letras: absolutamente soberbias. Bloc Party demuestran que la poesía urbana no es terreno exclusivo del hip hop. Su centro de operaciones vital es la juventud, su centro de operaciones geográfico, la ciudad, y por esos ámbitos se mueven todo el rato. Sí se observa una evolución en este aspecto con respecto al disco anterior, su universo gira ahora en torno a asuntos más a pie de calle: los atentados terroristas de Londres, la inmigración, el racismo, las drogas; pero también la apatía de la juventud, el desencanto, la rutina, la timidez, el escapismo, las noches memorables, la decepción, e incluso una canción, Song For Clay (Disappear Here), dedicada al protagonista de la novela Menos que cero, de Bret Easton Ellis. Temas peliagudos con los que sería fácil caer en el ridículo, pero que saben resolver con una insólita maestría que por momentos me recordó a los mejores momentos de Morrissey en The Smiths, ahí es nada.
Por todo lo dicho, y a pesar de todo lo dicho, me reafirmo: el primer gran disco del año.
Canciones favoritas:
- Hunting For Witches
- The Prayer
- Waiting For The 7:18
Puntuación: 8


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