Como anunciábamos ayer, anoche se estrenó Misión Eurovisión, el programa con el que Televisión Española pretende que el público escoja la canción y el intérprete que representen a España en el próximo Festival de Eurovisión. Así, por separado: por un lado el tema y por otro el artista, que digo yo que qué pasará en el hipotético y, por otra parte, improbable caso de que resulte elegida una canción techno que hayan de interpretar un grupo de salseros. Una gran idea, sí señor.

El caso es que en la interminable gala de ayer, con mimético sistema de puntuaciones festivalero incluido (y qué torpeza la de los locutores, ni que fuera tan difícil leer un papel), hubo un poco de todo lo que hemos visto los últimos años en el certamen: la soul diva, los rockeros disfrazados (¡de Kiss!), los latinos, la drag queen, el baladista al piano, la cantante de ópera, la vieja gloria eurovisiva (la vocalista de Bravo, los del Lady, lady, ¿recuerdan?)… ¿La nota común? La mediocridad. Aquello parecía un batiburrillo de descartes de concursantes de Operación Triunfo. Eso sí, los cinco primeros finalistas elegidos lo celebraron como si les hubiera tocado el Gordo de la lotería.

La presentadora, Paula Vázquez, y los excelsos asesores musicales, Massiel y Mikel Herzog, se jactaban de la diversidad de estilos y apariencias, para todos los gustos. ¿No será más bien que, una vez más, no tenemos ni la más mínima idea de a qué queremos jugar? Como el nivel de los próximos programas esté a la altura del debut, me atrevo a presagiar, una vez más, los más funestos augurios ―a no ser que las canciones que se presenten sean buenísimas, pero permítanme que lo dude―. Lo dicho, la solución, en las galas venideras, aunque no sé si seré yo quien las vea.