Ian McCulloch es un modelo hecho y derecho de lo que un rockero debe ser. Una personalidad parca que esconde a un sujeto sumamente agradable que no tiene ningún problema en ser honesto y decir lo que piensa, casi hasta el punto de la brutalidad. Al menos, esa ha sido la sensación que me ha quedado luego de hacerle una entrevista apenas terminado el excelente show que dio en Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, Brasil.

¿Sobre qué se hablo? En principio, claro, qué se sentía tocar en un punto histórico tan trascendente para la historia de Brasil, con un paisaje que cerraba perfecto con las canciones de Echo & The Bunnymen. En más de una entrevista, McCulloch ha declarado que São Paulo es uno de los mejores lugares en el mundo para tocar: ¿qué se siente cuando se está en el mismo país, pero en otro punto geográfico? En el camarín del artista, repleto de toda la parafernalia entre real y simbólica que uno supone que tiene que encontrar en un ambiente rockero, Ian contestó nuestras preguntas un poco agitado, pero por demás amable:

¿Cómo fue el viaje a Brasil para estos shows (el de San Pablo el 11, el de Belo Horizonte el 12)?

Fue un muy buen viaje, este recital que dimos en Belo Horizonte estuvo muy bueno, aunque no sabíamos que era un feriado, nos hubiera gustado tener más gente. Me encantó el show, de todas maneras: amé al público. El show del 11 en San Pablo también fue genial: pudimos hacer la presentación con una orquesta. Me encanta Brasil, pese a que tengamos un viaje tan duro: volamos el domingo, tocamos ayer en San Pablo, hoy aquí. La última vez que toqué aquí, en Belo Horizonte, me presenté como solista (hace como cuatro, cinco años atrás), realmente me gustó el lugar. San Pablo fue el primer lugar que tocamos como banda en Brasil. Siempre es un placer tocar en este país.

¿Visitarán alguna otra ciudad latinoamericana?

Después de Buenos Aires vamos a un festival en Méjico en donde vamos a tocar junto a Interpol.

¿Cuáles son las impresiones que tienen los fanáticos acerca del último disco, “The Fountain” (2009)?

Creo que es una de las mejores cosas que hicimos desde el regreso. No sigo mucho las opiniones de los fans, pero asumo que les gusta lo que producimos.

¿Cómo es este regreso con dos últimos discos tan sólidos (“Siberia”, del 2005; “The Fountain”, del 2009)?

Tratamos de que cada disco sea fantástico, que sea fruto de nuestro mejor esfuerzo. Si “Siberia” hubiera salido en 1984 hubiera sido un número uno, pero los tiempos cambian. No hacemos nada en lo que no creamos realmente.

Son una banda muy influyente para muchos grupos: ¿Sienten esa influencia, algún tipo de feedback?

Mucha gente me dice que se siente muy influenciada por nuestro trabajo. Realmente me gusta Arcade Fire, creo que es una de las mejores bandas que están circulando en este momento: el último disco, “The Suburbs”, es muy bueno.

¿Qué esperás del show de mañana en Buenos Aires?

Pienso que va a ser fantástico. Amo Buenos Aires como ciudad, así que sí, estamos esperando ansiosamente llegar.

Claro, ese es el problema que tiene cada gran banda que larga un disco en la actualidad: se lo compara, rápidamente, con cualquier producción anterior y, siempre, con el objetivo de resaltar las partes flacas antes que efectivamente apostar por el nuevo elemento dentro de su discografía. ¿Qué cosas hay que destacar en los últimos dos discos de Echo & The Bunnymen? “Siberia” fue una placa excepcional, con un corte de difusión más que radiable (“Stormy Weather”) y con varios aportes interesantes, situación que vuelve a repetirse con el último “The Fountain”, sólo que resalta antes no los lados más pop del conjunto —- como sucedió con el disco anterior —-, sino que se apuesta por un sonido un poco más oscuro, cargado con líneas de bajo y esas guitarras que Wil Sergeant no se cansa de incorporar en los momentos adecuados por inesperados, un golpe a la cara bien puesto en el momento exacto.

Echo & The Bunnymen es, ante todo, un “paisaje”: pocas bandas logran generar esa sensación de amplitud sonora, quiero decir, de sonidos que se empiezan a apoderar el espacio y a dibujar visiones espectrales, casi diría de desiertos, en donde cada riff de guitarra se convierte en un oasis en el medio de tanta vastedad seca. Apostemos un poco por la sinestesia y volvamos a escuchar estos dos geniales discos que, como corresponde a toda gran obra, están siempre fuera de su tiempo —- pero, por suerte, al alcance de la mano —-.

Foto: Eduardo Moras