Ya lo decía nuestro querido Adrián en su post dedicado a los clichés de los melómanos: a algunos nos gusta pensar que escuchamos a una banda antes que nadie y odiamos cuando los hipsters o el comercial de cerveza pone a nuestra agrupación favorita en el candelero. Yo agregaría que no hay nada peor para alguien que ha seguido a una banda durante muchos años (y que se enorgullece de que dicha banda no sea “tan conocida”) que verla convertida en el grupo de moda porque una de sus canciones fue utilizada por alguna marca de refresco o se convirtió en tema obligado de las noches de viernes en el antro.

Y la verdad es que no me gusta ser un cliché, pero no puedo evitar sentimientos de quinceañera frustrada cada vez que mi banda favorita (desde hace casi 10 años) hace su aparición en escena. Esto viene a cuento (no estoy desvariando) porque resulta que mi banda favorita se llama Kings of Convenience, y resulta también que el dúo noruego regresó por segunda ocasión a México los pasados 1 y 2 de noviembre para ofrecer dos conciertos en el José Cuervo Salón de la capital, ante un lleno absoluto que me supo peor que aceite de hígado de bacalao.

Porque si hay algo peor para un melómano que ver a su banda favorita convertida en cliché de moda, es tener que compartirla con la mayor audiencia de su carrera en un show en solitario (porque en festivales han tocado ante públicos mucho mayores, me consta), algo que para cualquier otro grupo no sería tan problemático si no fuera porque esta banda ha impuesto, desde sus inicios, un aura de tranquilidad y de volumen bajo en su sonido y en todos los aspectos de su vida musical, lo cual, contrastado con 3,500 asistentes, dejó un saldo de muchas canciones muertas y numerosas heridas.

Debo empezar diciendo que buena parte de la culpa la tiene el miembro más extrovertido del grupo, Erlend Oye, pues sus constantes visitas a nuestro país con su banda alternativa, The Whitest Boy Alive, han provocado tanta euforia entre las adolescentes, que buena parte de la audiencia decidió lanzarse a ver “al grupo alternativo de Erlend” (va entre comillas esperando capten la ironía). Y la verdad es que es muy desafortunado simplemente porque, aunque él sea miembro de ambas agrupaciones, el sonido de éstas no podría ser más diferente. Así comenzó todo, pero mejor vayamos por día.

Primero de noviembre

Pasadas las nueve de la noche y después de una espera de horas, finalmente hicieron su aparición Eirik Glambek Boe y Erlend Oye ante un infernal ruido de gritos y aplausos que muy pronto provocó dolor en los oídos de ambos músicos. Sin embargo, lo que ellos esperaban fuera una obvia expresión de desagrado ante tanto escándalo (se taparon los oídos en numerosas ocasiones), para la gente representó simplemente un: “sigan gritando”. Ahora, todos sabemos que los mexicanos son ruidosos, se lo hemos escuchado a muchos grupos antes, pero en este caso el ruido se extendió a las canciones. ¿El problema? Dos guitarras acústicas y dos “suaves voces unidas en absoluta perfección” vs. tres mil quinientos gritones y gritonas. El resultado lo pueden bien imaginar si no estuvieron ahí.

La banda arrancó el set con una de las canciones más bonitas (y suaves) de su más reciente producción: “My ship isn’t Pretty”, un tema que irónicamente habla de los problemas para comunicarse en la sociedad actual. Asumo que la cantaron tan bien como siempre porque realmente, y a pesar de estar en primera fila, no pude oír más que a los que al lado de mí pensaron que había pagado por oírlos cantar a ellos, además de las bebidas que se servían en la parte de atrás y los gritos y aplausos en las partes instrumentales que parecían más adorno que fundamento de una canción completa (para el público, por supuesto).

Hace cuatro años, cuando el grupo tocó en el Polyforum Siqueiros (dos conciertos bonitos de verdad) nos recibió en la escalera un mensaje del grupo en el cual pedían una cosa: mantenerse callados durante la presentación (y no tomar fotos al menos en la primera parte de la misma, aunque eso más bien lo dicen ellos). Esta vez el letrero también estuvo pero la mayoría lo ignoró, a pesar de los comentarios del grupo aquí y allá sobre que no gritaran tanto pues sus oídos eran parte importante de su trabajo o que si iban a cantar, al menos lo hicieran bien (estos dos tienen su humor negro y pueden ser incluso un poco malhumorados con el público, hay que decir).

En nada ayudó el setlist, pues después siguieron temas como “Cayman Islands”, “Love is No Big Truth”, la calladísima (y afortunadamente no tan aplaudida) “24-25” “Me in You”, “Singing Softly to Me”/”The Girl From Back Then” ( primera y segunda parte de la misma canción según indicaban en el arte de su segunda/primera producción) y “I Don’t Know What I Can Save You From”, temas en los que de plano pudimos escuchar cantar al público pero no a ellos. Incluso en algún momento Eirik preguntó a los de atrás si podían oírlos, a lo que siguió un silencio de grillos que por supuesto respondió de manera obvia su cuestionamiento.

Creo que para este punto la banda ya se había resignado a que el preciado silencio que siempre piden en sus conciertos, que incluye que los asistentes chasqueen los dedos en lugar de aplaudir, no iba a estar presente; de ahí que Eirik se dedicó a disfrutar la presentación mientras Erlend bailaba ante el público. Aquí debo decir que, en las canciones en las pude escucharlos (en vez de a mis vecinas) comprobé una vez más que, a pesar de los años, la voz de Eirik Glambek sigue sonando tan perfecta como siempre (de hecho mejor, pues al inicio de su carrera no tenía el control que tiene ahora).

Y esto no es cosa menor si consideramos que ha sido él el verdadero artífice del sonido de los Kings of Convenience, además de ser el que casi siempre lleva las partes más difíciles, rítmicas o largas de la canciones. En cuestión de letras, sin embargo, siempre ha estado muy dividido, con Erlend atrás de la mayoría los temas más movidos y viceversa.

Esto es algo que de hecho uno puede saber en sus conciertos, pues la banda normalmente cuenta anécdotas entre los temas, algunas veces chistes o incluso comienzan a pelearse para ver qué tocan a continuación. Pero su incomodidad por el ruido (supongo) impidió que siguieran este patrón, pues realmente hablaron muy poco y contaron únicamente anécdotas de “I Don’t Know What I Can Save You From” (inspirada por Eirik y su viaje de estudios a Londres) y “Homesick” (salida de Erlend y su viaje musical a Londres, donde logró formar una banda que sacó un sencillo antes de desaparecer en el anonimato).

Otra de las cosas que han cambiado con los años en sus shows en vivo es que el grupo ha incorporado una segunda parte “más movida”, algo creo yo debido en buena medida a Erlend y sus anhelos. De ahí que de repente hicieron su aparición dos miembros de la banda Quiero Club, además de dos mariachis, quienes se encargaron de sustituir al productor de sus dos últimos discos, Davide Bertolini, y a su violinista, en lo que normalmente es una segunda parte con cuarteto de guitarras, bajo y violín.

Personalmente me encanta cómo suenan las canciones con bajo acústico y violín, sin embargo, reconozco que tuvo su atractivo escuchar temas como “Stay Out of Trouble” o “Boat Behind” con metales en vez de este instrumento. Ya para estos momentos las voces que llenaban el recinto no eran las de los músicos en escena sino las del público, que se volvió especialmente loco con “I’d Rather Dance With You”.

Después de salir un ratito de escena, el grupo regresó para tocar una maravillosa versión de “Little Kids” que afortunadamente no fue tan aplaudida y por lo mismo se pudo disfrutar al máximo (vuelvo a mi teoría de que la mitad de la gente se confundió de concierto, pues los temas menos aplaudidos fueron los más suaves y sus mejores). En total fueron 18 canciones, entre ellas una favorita personal: “Second To Numb”; la que por mucho tiempo conocí como la canción de los colores: “Peacetime Resistance”; y finalmente la versión remix de “Rule My World”, tema con el que cerraron esta ruidosa primera noche de martes.

Dos de noviembre

Francamente yo acabé decepcionada del primer día, así que para el segundo decidí cerrar mis oídos a comentarios tipo “¡qué guapo está Erlend!” y concentrarme en lo mío. Así, llegó el momento de ingresar una vez más al recinto. La espera sin embargo fue entretenida por una sorpresa pues, a diferencia del primer concierto, en esta ocasión tuvimos un abridor en la persona de Javiera Mena, quien tocó un set de aproximadamente 20 minutos. La cantante fue invitada simplemente por la amistad tan estrecha que tiene con Erlend, quien la presentó diciendo que sus discos eran los únicos en español que él escuchaba y pidiéndonos darle una buena bienvenida.

La intérprete se hizo acompañar de una pianista para interpretar cinco temas, cerrando con “Sol de invierno”, canción que fue coreada por buena parte de los asistentes. Sin duda una sorpresa linda, aunque debo confesar que a mí la Mena no me gusta ni tantito. Después de esta sorpresiva presentación, llegaron las 21:30 horas y con ellas la banda principal de la noche.

Esta vez no hubo tanto ruido como el día anterior, no sé si porque muchos fueron sólo a ver cuál era el escándalo con esta agrupación (fueron Trending Topic en Twitter los dos días) o porque fueron más fans, pero al menos al principio la gente pudo conservar el silencio, excepto por uno que otro que necesitó expresar en voz alta su amor por el dúo.

También puede ser que, luego de la acometida gritona que les dieron el día anterior, los noruegos ya estaban preparados para responder, pues se tardaron exactamente minuto y medio en empezar con “My Ship isn’t pretty”, tiempo en el que se quedaron congelados esperando a que la gente se callara. La mayoría entendió la indirecta y así comenzó nuestro segundo día.

La siguiente decepción de esta visita para mí fue el setlist, y es que la agrupación siempre se ha caracterizado por elegir de manera bastante libre las canciones que tocará en un concierto, repitiendo en muy rarísimas ocasiones la misma lista en dos noches seguidas. Pues en esta ocasión lo hizo, lo cual por supuesto frustró mis anhelos de escuchar temas como “Renegade” o “Gold in the Air of Summer”, que ya han tocado en su gira por Europa.

El grupo tampoco anduvo tan hablador como el día anterior. Entre las curiosidades de la jornada está que hubo una pelea entre uno de los grupos de adolescentes que llenaba el recinto, lo que obligó a los de seguridad a intervenir y sacar a una de las rijosas. Lo malo es que lo hicieron por la parte de adelante, lo que provocó que Eirik se quedara viendo entre extrañado, preocupado y enojado a los de seguridad mientras peleaban con la chica, mientras intentaba al mismo tiempo seguir con la canción.

Hubo otro momento en el que Erlend intentó hacer comprender al público que era mejor que guardaran silencio, diciendo que, si comenzaban a gritar cada vez que él hiciera algo, mejor no iba a hacer nada para no escuchar el ruido. De sobra está decir que no funcionó, aunque sí pudo conseguir unos momentos de silencio.

El turno de cantar llegó, como en el día anterior, con “Know How”, aunque en esta ocasión no fue la parte de Feist sino unos coritos que el grupo inventó para animar una “batalla entre hombres y mujeres” (el primer día fue izquierda contra derecha), la cual culminó con las luces apagadas del recinto y todos cantando de manera suave mientras el grupo sonreía.

En la última tercia del show llegó nuevamente la gente de Quiero Club y los mariachis/trompetistas, con quienes Eirik, muy contento, decidió tomarse una foto antes de arrancarse con “Stay Out of Trouble”. El grupo completo se aventó algunas improvisaciones aquí y allá, para cerrar nuevamente con “I Rather Dance With You” y regresar con el mismo encore de la noche anterior.

Al final quedó claro que la banda estaba contenta por la recepción, pero no tanto por el ruido, y que sin duda Erlend siempre se llevará las palmas por ser el showman del grupo, sin embargo, la piedra en la que se recarga esta agrupación se llama Eirik y para él ofrezco yo mi reconocimiento. Con un setlist de favoritos y una banda completa y absolutamente profesional, se terminaron estas dos noches en la ciudad de México, a la que le seguirán fechas en Guadalajara y el resto del Continente americano, donde ya los esperan con ansia por primera ocasión.

Yo lo único que puedo decir es que esta presentación me dejó agridulces momentos aunque en ningún punto fue mala. Todo lo contrario. El carisma de Erlend, la voz de Eirik, sus personalidades tan distintas y al mismo tiempo tan iguales en lo esencial, cautivaron al público mexicano como ya lo han hecho en otras ocasiones. Es una lástima, sin embargo, que muchos no hayan puesto atención al mensaje que este par de pálidos noruegos han venido dando desde 1999 (y no hubiera estado mal que el público lo hubiera recordado): quiet is the new loud.