La atención que los medios le dedican a un determinado artista puede resultar, a largo plazo, negativa y perjudicial. No estamos hablando ya del efecto pegajoso de algunas canciones, que escuchamos tantas veces que preferimos morir antes de volver a escucharla en la radio. Nos estamos refiriendo a la publicidad de un material –ya sea una banda o solista- que, al final del día, no corresponde con calidad a los pronósticos y alabanzas cantadas hacia su persona. Un caso emblemático y moderno de esto es el éxito de Lana del Rey. Y, con ánimos de despertar un poco de controversia, veremos cómo Lana del Rey, más que ser una artista talentosa –que, a su manera, lo es- no es más que una construcción ficticia producto del marketing.

Lana Del Rey

Bill Haley, el líder de los Comets, no creía realmente en el rock’n’roll. Era un oportunista que supo jugar tan bien sus cartas que terminó convirtiéndose en un ícono de la música moderna, gracias a una canción que ni siquiera escribió y que no fue el primero en publicar. Contaba con un importante aparato discográfico detrás. Tal y como lo tiene Lana del Rey. Movámonos algunas décadas más para adelante. Britney Spears se convierte en un éxito de la noche a la mañana gracias a canciones inocentes –que se corresponden con su imagen de rubia bonachona- escritas, producidas y pulidas por gente muy talentosa que prefiere quedarse tras bambalinas. Spears brinda la voz, la imagen, lo naif, y sus canciones realmente empiezan a desmoronarse cuando su imagen pública también lo hace. Construida por una industria, cae cuando ya no puede ajustarse a esos cánones.

Lana del Rey tiene un poco de estos dos personajes. Es una oportunista, como veremos dentro de algunas líneas. Pero también es un producto de mercado diseñado para apelar a aquello que interesa a los consumidores musicales del momento. Así, emplea estrategias de viralización que llegarán a una audiencia que, hasta ahora, no se ha visto enfrentada al atrevimiento de los grandes sellos. Se mete en un mundo idealmente independiente, de una forma encubierta, y a su vez, trae ese mundo a la luz. Se gana el amor/odio de los seguidores de dicha escena, pero también el amor de más y más medios de comunicación especializados y de oyentes que están más abiertos a las recomendaciones.

De Lizzy Grant a Lana Del Rey

Lana del Rey nace como Lizzy Grant en 1986. Su niñez no es relevante. Probablemente haya tenido una existencia muy similar a la nuestra, pero con aspiraciones diferentes. A los 18 años comienza su carrera en la música cantando en algunos clubes de la metrópolis neoyorquina. Logra firmar un contrato con el sello 5 Points Records en 2010, a través del cual editará su primer disco de estudio. Dicho sea de paso, este disco no será un éxito de ventas. No pondrá a Grant en el mapa, Pitchfork no hablará de ella como la próxima artista prometedora –y eso que ellos escuchan realmente de todo-. Antes de 2011, nadie escucha nada de Lizzy Grant, Lana del Rey o su abuela. Es otra historia fallida de los músicos aspirantes. Grant compra sus derechos a 5 Points y abandona el sello. Antes de lanzar “Video Games”.

Pero hete aquí que en 2011, Grant firma un contrato conjunto con varios pesos pesados de la industria. Atrae la atención de Interscope, Polydor y Stranger Records después del éxito viral de una de sus canciones en MySpace. “Video Games”: la hemos escuchado hasta el hartazgo. Me gustaría ahora hacer un impasse de todos estos hechos para moverme en el mundo de la sospecha. Son muchas las bandas que triunfan gracias a internet. Muchísimas. Pero no son la amplia mayoría. Pero bueno, vamos a creer en los hados del destino por un momento y asumir que Lana simplemente tuvo suerte. ¿Y este productor británico de dónde salió? Trabajó con Ellie Goulding y Bat for Lashes, y dudosamente se haya topado con Grant por las calles de la vida para decirle “¿y qué tal si grabamos una canción juntos?”. Justin Parker es a su vez autor, o mejor dicho co-autor de dos canciones más de Lana del Rey. Personalmente dudo de los talentos de compositora de Grant, parecen inflados con justo motivo, pero quizás estoy siendo paranoica.

Lana Del Rey

Volviendo a los hechos. Después de construir una reputación online y toda una mitología que se fue desmontando a través de su persona, Lana del Rey finalmente edita su “primer” disco a través de estos sellos, llamado Born to Die. Y, aunque esperábamos que el título fuese una metáfora de su carrera, realmente obtiene críticas positivas. Lana del Rey es un producto del marketing, una estrategia que ella apoya con una inteligencia superior a la de Britney gracias al legado de Haley, una astucia que le permitió en un primer momento crear un velo de misterio alrededor de su persona y luego manufacturar una personalidad holística y desprendida que la muestra como un organismo casi etéreo.

El sueño americano musical

Musicalmente, la propuesta de Lana del Rey no es diferente, no es novedosa, y si se me permite el atrevimiento, ni siquiera es destacable. Es una más del montón. Lo que no quiere decir que sea mala: tiene canciones buenas, interesantes, pero que, sencillamente, no merecen el hype que están recibiendo. Aquí, vemos otro triunfo de la industria discográfica tratando de meterse en el último bastión que le queda por conquistar: la música independiente a través de la web. Pintada primero como una heroína de las canciones en YouTube, el personaje de Grant fue mutando para acoplarse a los intereses. Mantuvo en un primer momento una sensación de independencia, permitiendo que sus escuchas creyeran que realmente lo había logrado, se había convertido en la representación del sueño americano musical.

Y así también la industria discográfica se arroga una artista “independiente” que nunca lo fue, demuestra que es capaz de soportar todos los estilos musicales y no solamente el pop descerebrado –que muchas veces termina teniendo más cerebro que las canciones pretenciosas de Born to Die- y apela a una generación que cuenta con otras prácticas de consumo y de descubrimiento, que se identifica de una forma diferente a la que solían hacerlo, y que no mira con buenos ojos cuando un sello le dice “pero esta canción es muy buena”. La historia cambia, claro está, cuando nos topamos por accidente con una canción en YouTube. Casualidades de la vida. Pero me estoy poniendo paranoica de nuevo.

El título de este post es desmitificando a Lana del Rey, y está dicho en dos sentidos. Por un lado, creo que el personaje de Lana tiene algo de mitológico. Por otro lado, retomo un poco las Mitologías de Roland Barthes en el sentido de que la cultura dominante tiene un cierto talento para naturalizar las cosas que se nos imponen. Y tiene cientos de mecanismos para generar consenso. La industria discográfica, como cualquier industria, busca generar ganancias. Para poder hacerlo, tiene que presentar una variedad de productos, así como una marca de bebidas tiene que tener diferentes sabores para apelar a diferentes sectores del mercado. ¿Pero qué pasa cuando el sector no quiere comprar, por imperativos de clase –o, en este caso, de tribu urbana, por decir algo que identifique a los ahora haters de Lana del Rey-, el producto que se le impone? Se ponen en marcha mecanismos para lograrlo. Para eso está inventado el marketing. Para que Britney Spears sea rubia y virginal aun cuando destroza autos de paparazzis rapada con un paraguas, y para que Lana del Rey, que nada de independiente tiene y que nada nuevo trae a la mesa, sea nombrada la nueva promesa de la música. Así estamos.