En su obra seminal de 1979, La Distinción, el sociólogo Pierre Bordieu, exponente de la academia francesa, se mete con las nociones del gusto y las define, por ponerlo de un modo un poco tosco, como concepciones delimitadas por la “parte” de la sociedad a la que pertenecemos. Por ende, cuando nos gusta una pintura, un dibujo o una canción, estamos respondiendo a aspectos de nuestra personalidad que están siendo dictaminados por presiones y establecimientos sociales. Una interesante discusión que en estos momentos está ganando popularidad en Reddit se mete con nuestros conceptos de “bueno” y “malo” cuando estamos pensando en canciones. ¿Por qué cuando escuchamos una canción se nos queda pegada y pensamos que es excelente? A nosotros también se nos ocurrió hablar un poco al respecto de qué es lo que hace que una canción sea buena o mala.

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Es imposible dictaminar si algo es bueno o malo dado que, ya sea desde la perspectiva de Bourdieu o de algo que queramos idear nosotros mismos, hay muchas cuestiones subjetivas en juego. Podemos establecer varios parámetros que definan si una canción es buena o mala, pero al final del día, estaremos frente a una de las cuestiones más importantes que atraviesa el arte: el gusto está siempre determinando la categoría de calidad. No importa, por poner un ejemplo, que las canciones de Justin Bieber sean compuestas por profesionales con años de experiencia, e interpretadas por músicos sesionistas que apabullarían a algunos de nuestros músicos favoritos. Es música destinada a un cierto grupo social y etario al que no nos podemos identificar, y por ende, no podemos disfrutar de los mismos productos culturales que este grupo disfruta.

Una canción de la estrellita pop de turno tiene más producción e inversión, y muchas veces, una profundidad lírica más intensa, que cualquier canción de los Ramones –incluso las de Phil Spector-, que no escaparon nunca de una estructura de tres acordes y letras adolescentes para retratar una realidad de forma irónica. El usuario de Reddit formusiconly fue el encargado de despertar este debate, y esta es una de las frases más interesantes –que al menos es la que va con mi punto de vista-:

Por ejemplo, muchas personas actúan de forma negativa hacia artistas como Justin Bieber o Taylor Swift, toda escena, pero me cansa. Esa música no es mala, no viola ninguna regla musical, no está fuera de tiempo, no se pierde un beat, las armonías y melodías son claras, hay una alta calidad de producción, y hay músicos completamente profesionales para respaldar a estos artistas en concierto que apuesto que te destrozarían tocando la guitarra. Así que no te gustan estas canciones, está bien. Es su propia expresión, ya no eres un angustiado chico de 14 años. Puedes estar angustiado con la música que odias, pero sigue siendo música. No la escuches, ignórala. ¿Por qué necesita de tu atención?

Hay muchos argumentos que resultan interesantes para analizar y desmenuzar. Es interesante cuando el usuario habla sobre la violación de reglas musicales, mientras muchos intérpretes, tanto clásicos como contemporáneos, recurren a melodías atonales –que ciertamente a veces se transforman en el estándar- y experimentación musical con instrumentos no tradicionales que se alejan de la norma. Pero aun así, algunas de estas obras son consideradas brillantes mientras que las canciones de Madonna y Lady Gaga se critican como música basura. No estamos haciendo una defensa del pop, sino remarcando que unas no cumplen con estas reglas, mientras que las otras sí, y se ubican a respectivos lados del espectro.

Tampoco es correcto recurrir a una falacia ad populum y creer que porque a muchas personas les gusta, es bueno. ¡Frampton Comes Alive es uno de los discos en vivo más vendidos del mundo y no patea ningún tablero! Y aquí, como también lo hace el usuario de Reddit, caemos en el terreno del gusto. Algunos de los comentarios también caen en esta cuestión, mientras que otro usuario en particular también menciona el anacronismo que pueden tener algunas canciones. Lo cual es, al menos a mi parecer, algo incorrecto, pues si una canción suena anacrónica, algo debe estar haciendo mal.

Escuchar hoy en día “Love To Love You Baby”, de Donna Summer y producida por Giorgio Moroder, nos puede transportar a una década diferente, pero sigue sonando fresca. Los blues retorcidos de Robert Johnson, que sirvieron de inspiración para prácticamente cualquier guitarrista que se valga en el siglo XX, siguen siendo actuales aún a pesar de haber sido grabados en calidad paupérrima hace casi cien años. Muchos de los sencillos más exitosos de los comienzos de la música folk pop estaban basados en canciones campestres tradicionales.

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Entonces, ¿qué es lo que hace que una canción sea buena, realmente? El que ama la música clásica defenestrará al escucha de la música electrónica afirmando que es un sonido que pierde todas sus cualidades de humanidad. Pero, por otro lado, quien esgrime este argumento probablemente no vivió en carne propia la materialidad y el encuentro que se produce en las raves y fiestas electrónicas, motivados por beats que se viven y se sienten en el propio cuerpo más de lo que se escuchan.

En los ’90, el blanco no puede entender al hip hop porque escapa del ámbito de su comprensión. No es como el rock, algo que pueda ser procesado y empaquetado para venderse como producto adolescente. Es un grito de guerra de los sectores más bajos, del ghetto, es la voz de todo un grupo poblacional descartado de los medios, de las políticas públicas, del cine de Hollywood –que lo retrata siempre desde el lado del criminal o desde el lado de quien quiere construirse desde abajo-. Sin importar ahora la presencia incluso de raperos y artistas de hip hop blancos, es una música negra en sentido de buscar una visibilidad no eliminando, sino haciendo visibles las fronteras que dividen este lado de la ciudad del otro. El gusto es también etario, es geográfico, es nacional. Donde nacemos determinará nuestro gusto, así como también donde crecemos, lo que escuchamos cuando formamos nuestra personalidad.

Podemos hablar de muchas cosas, y combatir contra ciertos argumentos, y al final del día alguien dirá esa mágica frase que todos conocemos: “es que a mí me mueve una fibra”, “esta canción me toca algo por dentro”, y derivados. Ese algo que se toca por dentro no es nada más y nada menos que las estructuras del gusto que llevamos incorporadas. Y esto no quiere decir que tengamos que ir a terapia para poder escuchar otros estilos musicales, o que no se produzcan apropiaciones por parte de otras esferas sociales de un estilo de música que comienza en otro lado. Fue el caso del disco, de la música electrónica y la cultura gay, el caso del rock, el blues y la cultura negra de los Estados Unidos, vamos un poco más adelante y afirmamos que ahora James Blake, que más blanco e inglés no podía ser, hace ¡neo-soul!

Lo que hace que una canción sea buena depende del gusto. Los discos de Lady Gaga se componen en un 80 por ciento de imitaciones de Madonna, pero el 20 por ciento restante es brillante y provocador, incorporando otros elementos de la música popular. ¿Es revolucionario? Ciertamente no, hay más tintes revolucionarios en el reciente disco de protesta Shaking the Habitual de The Knife que en Born this Way. Los Rolling Stones han hecho música maravillosa durante décadas pero dejaron de evolucionar su sonido como solían hacerlo hasta mediados de los ’70, con la salida de discos gloriosos como Sticky Fingers. ¿Las buenas canciones deben cambiar? Para algunos no, para otros sí. ¿Cuando escuchamos algo nuevo, cómo hacemos para acoplarnos a las estructuras del gusto que tenemos incorporadas? Nada es realmente nuevo como para no poder ser encasillado en ellas, siempre hay algún rastro de estilo, que es lo que también facilita el trabajo del periodista de rock.

Qué es lo que hace que una canción sea buena es uno de esos debates que nunca van a tener fin. El dicho dice “sobre gustos no hay nada escrito” –de hecho, lo hay, y bastante- pero quisimos aventurar un boceto de la cambiante y dicotómica esfera del consumo musical y sus preferencias. Están invitados a dejar sus propias opiniones en nuestros comentarios.

Fotos por Chiara Shine y Simon Ingram