Nueve muros derribados en una misma ciudad: «The Wall» en Buenos Aires

Puede sonar a raro, pero el martes, sí, ayer, fue el último día en que Roger Waters se presentó en Buenos Aires, Argentina, con ese grandilocuente, extravagante, soberbio, impresionante show-recital-obra llamada The Wall. Ya escribirlo suena raro: el tipo de sensación que generó en el público local la posibilidad de ver a Waters en vivo haciendo uno de los discos más emblemáticos de la historia del rock mundial llegó hasta el punto de convertirlo en una suerte de héroe local que concretó más de una reunión con la Presidente y el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, al mismo tiempo que varios carteles en puntos neurálgicos del citado punto geográfico. Una suerte de Waters-manía que se confirmó con la salida de libros, la publicación de revistas y la transformación de más de una remera negra en la tan citada pared que nos distancia del mundo.

¿Qué se pudo ver sobre el escenario? Uno de los mejores shows de la historia, sin lugar a dudas. Los logros de producción, lo milimétrico de la secuencia de temas y la ejecución -- todo suena exactamente como el disco, sin ningún tipo de desliz ... Inclusive: sin Gilmour, suena a Gilmour tanto una de las primeras voces como la guitarra --. Explosiones, videos, actuaciones, sonidos: todavía no puedo olvidar la sensación que tuve al momento de sentir al avión de "In the Flesh?" "recorrer" los oídos de los asistentes a un Estadio Monumental repleto, esa especie de viaje virtual, intangible que está más cerca del sueño que de cualquier otra cosa. Insisto aquí con lo de la Waters-manía: más de un medio cubrío el evento aproximándose más a esto de sensación global antes que a lo meramente propio del espectáculo.

Dicho todo esto y sin ánimo de arruinar la sorpresa a ninguno de los futuros espectadores, lo que asistieron, en su mayoría, y consultados por quien les escribe, comentaron que efectivamente el show fue alucinante, pero fue precisamente un "show", no un recital: en eso creo que estoy de acuerdo, digo, en señalar que todo fue una inmensa puesta en escena con efectos deslumbrantes que se distanciaban muchísimo al tipo de experiencia que uno puede tener en un recital un poco más humilde en pretensiones pero bien apegado al "género": algún tema sorpresivo, la --¿molesta? ¿orgiástica? -- cercanía con el resto de los espectadores, los gritos, etc. Tengo muy presente la mirada atónita de las personas sentadas alrededor mío mientras miraban la presentación: quedaron enmudecidos, sin palabras, y recién largaron algún comentario una vez alcanzado el intermedio o el propio final.

Nota aparte, claro, lo que señalábamos en notas anteriores en torno a la visita de tantos artistas británicos: el tema de Malvinas. En una suerte de aclaraciones y acciones de desdecirse, Waters anotó que las Malvinas son Argentinas, pero claro, con señalamientos que merecen la atención, como la posibilidad de los propios habitantes de las Islas de determinar o no autonomía, de elegir o no un gobierno o Estado efectivo que los represente... Hay una serie de complicaciones en el tema que, está claro, merecen una atención particular.

Hechas las aclaraciones, señalados algunos puntos, contento por haber conseguido alguna que otra joyita -- Ummagumma, listo para ser degustado en breve, en su edición de disco doble --, no puedo menos que recomendar la asistencia a estos recitales que, precisamente, son más shows que otra cosa. Y qué show.