El larga duración no debe morir

Steve Jobs es el responsable de matar el negocio de la música.

El vinilo de 12" sustituyó a los singles. Los discos que podían albergar hasta unos cuarenta minutos de música en ambas caras, cambiaron la forma de vender, disfrutar e incluso de componer la música. El artista suele elegir un conjunto de composiciones de entre su repertorio, o directamente las compone pensando en el conjunto, en una escucha continuada. La música dejó de comercializarse en pequeños discos a grandes redondos en 1948. Los artistas comenzaron a vender sus canciones agrupadas, algo que no cambió cuando llegó el compact disc, o CD. La calidad y el formato cambiaron, pero no el concepto. Hasta la década pasada, el larga duración ha sido el sistema predominante en el negocio musical, pero Internet -y Steve Jobs, según Jon Bon Jovi-, lo ha cambiado todo.

larga duración

A pesar de que desde hace unos cinco años los discos en vinilo se han revalorizado, el mercado músical digital de iTunes o Amazon, y los antiguos sistemas de descarga como Napster o Kazaa han cambiado la forma de consumir música. Spotify es lo último, donde la mayor parte del público busca canciones, singles pegadizos, la unidad básica de música -comercialmente hablando-. Y los especialistas dicen que el largo agoniza. Dicen que el futuro son las canciones.

Con el largo no sólo morirían los álbumes conceptuales. Moriría el espíritu musical de encerrar en un medio físico el momento personal, creativo e incluso social por el que un artista ha pasado durante su creación. Un conjunto de canciones forma un concepto, aunque el álbum no cuente una historia dividida en canciones, o la lírica gire alrededor de un criterio común. En un larga duración, un grupo presenta a sus oyentes el resultado de un grandísimo esfuerzo, de muchas emociones encontradas. El final de un camino, de una historia que puede haberse alargado durante años. La experiencia se almacena en un acervo de canciones -o en una canción muy larga- y se vende como unidad.

El formato de larga duración no debe morir. En primer lugar, su historia habla por sí misma, y sin él, no contaríamos con semejante lista de obras de arte que da hasta vértigo enumerar. Álbumes conceptuales - Dark Side Of The moon, Tommy, Operation Mindcrime, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars-, o no conceptuales -Born To Run, Thriller, Highway 61, Nevermind-, por citar algunos. En segundo lugar, dudo que algún lector imagine la existencia de... qué se yo, The White Album, comercializado canción por canción. Y cito este ejemplo porque, siendo posiblemente el álbum más fragmentado de los de Liverpool, es el que representó a la perfección la situación que la banda vivía en la época.

Insistiendo en casos prácticos... ¿El Quadrophenia de The Who vendido canción a canción, como si de una novela por entregas se tratase? Aceptémoslo, e imaginemos por un momento, el escuchar, a canción por semana, la obra de los ingleses. No, ¿verdad? Y ya, si hablamos de álbumes en directo, ¿dónde queda el espíritu de inmortalizar un concierto de la banda? Vale que Made In Japan recopiló canciones de diferentes conciertos, pero vuelvo a la afirmación de dos párrafos atrás: si ese doble álbum no representó el poderío de Deep Purple en 1971, permítanme dudar de que un par de canciones lo hagan mejor que aquella joya.

Y que quede claro, totalmente de acuerdo me muestro ante la venta de canciones por separado, pero siempre, y digo siempre, como una alternativa. Miles de personas odiarán a Oasis, pero se verán incapaces de entonar el "Wonderwall" cada vez que suene cerca. No hay quién con derecho a una escucha obligada de un álbum completo, y maldito sea el inventor del relleno. Aquel que interpretó el laga duración como un obstáculo para el negocio. Pero los artistas de verdad, quienes se desviven por su música y componen obras maestras, son quienes se comprometen a vender sólo la mejor versión de sí mismos, y no la que son capaces de interpretar durante diez minutos para vender, con prisas -casi siempre de la discográfica-, seis o siete composiciones de verdad con paja añadida.

¿El medio? Tampoco lo veo un problema. Vender álbumes digitalmente puede ser el futuro, a pesar de que, fetichista que es uno, la experiencia de desempaquetar un compact disc o un vinilo sigue pareciéndome deliciosa. A mí, lo de descargar un álbum junto con un PDF con las letras, no me termina de llenar. Me confieso amante empedernido de las estanterías con baldas a punto de quebrar bajo el peso de decenas de discos.

¿Imaginan ustedes un Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band condensado en cinco canciones que se venderían al precio de 0,99$? Yo, sinceramente, no. El fetichismo del formato físico, y el mundo de las óperas y las sinfonías, lo dejo para otro momento. A los que disfrutamos con el formato físico, abriendo un nuevo álbum o colgando vinilos de la pared, nos miran raro, y lo clásico, me pese o no, ya no se lleva. Lloraré en el funeral del compact disc, y de friki pasarán a llamarme coleccionista. Y cuando desaparezca el larga duración, si es que lo hace, la palabra apropiada será nostálgico.